Entrevistas

14 febrero 2012

Mustafa Karaduma

“Me gustaría vestir a todas las mujeres según el islam”

Blanca López Arangüena- Estambul

Mustafa Karaduma bien podría ser el Amancio Ortega turco. Ambos empezaron desde abajo cuando eran muy jóvenes. Ambos crearon su propia firma de ropa en los años setenta y, tras duro trabajo, consiguieron afianzar un imperio textil que traspasa fronteras. Pero existe una gran diferencia entre los dos. Mientras Ortega puede experimentar con cortes y transparencias, la ropa de Karaduma se ciñe a las estrictas normas del islam. Según él. Manga larga, faldas hasta la rodilla y cabello cubierto.

Quedamos en la sede central de su firma, Tekbir, a las afueras de Estambul. Evita dar la mano al saludar, pero ofrece una cálida sonrisa a la recién llegada. En su despacho espera la comida, gentileza del anfitrión. El menú del presidente de Tekbir es el mismo que el de sus 500 empleados. No hay otro para los directivos ni platos especiales en el gran comedor comunal de la empresa y si Karaduma quiere intimidad, ha de almorzar en la mesa de reuniones de su oficina.

“Los trabajadores de Tekbir pueden hacer las tres comidas a cuenta de la empresa”, explica. Karaduma se jacta de cuidar a los suyos como un patriarca a su clan. Es el mayor de ocho hermanos y todos trabajan en la fábrica. También lo hacen los habitantes de Karaali, el pueblo donde nació. “Cuando la empresa empezó a crecer los trajimos a todos, les dimos trabajo. Mi pueblo era extremadamente pobre”, cuenta. ¿Y los trabajadores? Parece que se desviven por un trabajo que aparte de darles dinero, se rige según las normas de Alá.

Karaduma llegó a Estambul con 12 años proveniente de una aldea de 150 personas en el centro de Anatolia. “Mi padre me dio 100 liras turcas (50 euros) que un amigo le había prestado. Me gasté 65 en el billete de autobús y llegué a Estambul con 35 liras”, explica. Enseguida se puso a trabajar en un taller de costura. Desde lo más bajo fue ascendiendo; planchaba, cosía, hacía patrones. Nueve años después abrió su tienda de confección y en 1982, creó Tekbir. Tenía 25 años. El islam, asegura, impregna toda su vida. Su marca, Tekbir, es la traducción en turco de “Alá es grande” y durante el almuerzo, no para de hacer reflexiones morales sobre el islam. Su padre era un imán y su abuelo un mulá (erudito musulmán). Se podría decir que de casta le viene el galgo. “Todo lo que hago es de acuerdo con mis creencias”, asegura.

Pero su fe le ha traído problemas. Los sectores más conservadores de Turquía le acusan de enriquecerse con la religión y usar el nombre de Alá en vano. “El primer enfrentamiento lo tuve en 1992, cuando organizamos el primer desfile de modelos de ropa islámica del país”, rememora. Muchos le acusaron de incitar a las mujeres veladas a lucirse. Se defiende: “Yo pienso igual que ellos, por eso las mujeres en mis desfiles son modelos profesionales. Las mujeres que llevan nuestra ropa no deberían desfilar”, explica. Sin embargo, el escándalo le valió una importante publicidad que le ayudó a dar el salto fuera del país. Ahora posee 95 tiendas en todo el mundo y 2.500 empleados.

Cuando el café llega, nuestro anfitrión confiesa su misión. “Me gustaría vestir a todas las mujeres del mundo según los preceptos islámicos”. Es su especial contribución al islam. El costurero de Alá como le llaman en Turquía, se despide como saludó: sin contacto, pero con una sonrisa


19 octubre 2011

Safak Pavey

“Enseñar mi pierna no me molesta. Es parte de quien soy”

Blanca López Arangüena- Estambul

Pese a haber vivido 15 años fuera del país, Safak Pavey tiene alma turca. Pequeños gestos la delatan. El ojo de Nazar que cuelga de su cuello, su risa explosiva, pero sobre todo, la habilidad para cruzar los semáforos en rojo sorteando el intenso tráfico de Estambul. Lo hace renqueante pero decidida. Vestida con unos vaqueros y una chaqueta, nadie esperaría esa imprudencia de una joven que utiliza un brazo y una pierna ortopédicos.

La imagen de esta política de 35 años dio la vuelta al mundo hace dos semanas. Recién elegida diputada por el partido socialdemócrata, Pavey tomó posesión de su escaño vistiendo las prendas que el Parlamento exigía a sus diputadas: chaqueta y falda hasta las rodillas. Su pierna ortopédica quedó al descubierto y con ella lo absurdo de una etiqueta que prohibía a las mujeres vestir pantalones. “Soy miss piernas 2011″, bromea. “Yo llevo falda y pantalones. Enseñar mi pierna no me molesta, ¿por qué habría de hacerlo? Es parte de quien soy. Pero a sus señorías parece que les resultaba incómodo y aceptaron la reivindicación como caridad hacia mí”, explica mientras repasa el menú.

Pavey perdió el brazo y la pierna izquierda a los 19 años, mientras estudiaba en Zúrich. Según relata tras ordenar un té caliente, se quedó atrapada entre un tren en marcha y el andén mientras intentaba ayudar a montar a un amigo. Desde entonces, su vida ha discurrido fuera de su país, donde le era imposible conseguir la asistencia médica y las prótesis adecuadas. “Volver antes significaba no poder desarrollarme física y profesionalmente”, asegura.

Sin embargo, lo hizo. Su perfecto inglés delata una impecable educación británica y años de trabajo como representante de la Comisión de Naciones Unidas para los Refugiados, que le han llevado a países como Libia, Siria, Túnez e Irán. “Son lugares con un gran número de lisiados por las guerras, y es increíble la escasa visibilidad que tienen”, explica.

Pavey se dedicó también a documentar algunas de sus vidas. Su sonrisa perpetua se borra al rememorar algunas, como la de una refugiada afgana, nacida sin brazos y piernas, encerrada en un cuarto desde los 13 años y violada por su marido. “He viajado por las realidades de otras personas, intentando encontrar soluciones para ellos y eso me ha llevado a encontrar soluciones para mí”.

Por eso, cuando el pasado abril el Partido Republicano del Pueblo (CHP, secular) le ofreció unirse a sus listas, no lo dudó. “Me sentía preparada para volver. Llevaba muchos años actuando de manera global y sentí que era el momento de poder llevar mi experiencia a Turquía”. Al hablar su mano derecha entra en una actividad frenética. Sube y baja, agarra un bizcocho, se asegura de que el brazo izquierdo descanse en el regazo. Parece que trabajase por las dos. “Somos 12 millones de minusválidos en este país y tan solo somos dos -de 550- los parlamentarios que tenemos algún defecto físico”.

La razón es simple. Durante años, y todavía hoy, los matrimonios intrafamiliares en Turquía han dado lugar a todo tipo de malformaciones. “Es un tema tabú. Aún hoy la gente percibe la minusvalía como un castigo divino, como un pecado”. La presión de la calle hace que muchas familias los encierren por vergüenza. “En Turquía, los padre rezan para que estos hijos mueran antes que ellos”, explica mientras la camarera busca la cuenta.

 

 

20 enero 2011

Irfan Sanci

“Mis dos pasiones: llevar la contraria y el erotismo” 

Blanca López Arangüena- Estambul

La tetería de Estambul en la que Irfan Sanci nos espera es fea, calurosa y llena de humo, pero tiene unas vistas estupendas. Al entrar, nos ofrece asiento cerca de una ventana desde la que se ve Santa Sofía. Pide dos tés y unos pastelitos. Se disculpa por no poder hacer ahí las fotos, ya que el dueño no quiere pruebas de que sus clientes violan la ley antitabaco que el Gobierno aprobó hace un año. Levanta la mirada y nos dedica una amplia sonrisa; se acaba de librar de nueve años de prisión por difundir escritos obscenos en una serie de literatura erótica que lanzó su editorial hace dos años.

Bajito y un poco calvo, mira fijamente a su interlocutor cuando habla. Tiene una sonrisa permanente en la cara, incluso cuando se inclina para beber el té, lentamente y a sorbitos. “Me acusaron de publicar material amoral y susceptible de despertar el deseo sexual”, espeta para empezar. Ahora se lo toma a broma, dice, pero durante dos años la Dirección General de Protección de la Infancia intentó buscarle a él y a su traductor un lugar en las abarrotadas cárceles de Turquía.

En noviembre, su historia saltó a la prensa internacional cuando le fue concedido el Premio Especial de la Asociación Internacional de Editores (IPA). En los últimos dos años, Turquía ha censurado más de 30 libros y enviado a 27 editores a los tribunales. “Hasta principios de este mes [momento del fallo] Apollinaire no era literatura en Turquía, era pornografía”, explica Sanci, que incluyóLas aventuras de un joven don Juan, en su colección. En ella están además el Kamasutra o La historia de mis pechos, de Monique Ayoun, también escrutados por el juez.

Llegó al mundo editorial al cerrar el periódico de izquierdas en el que trabajó hasta finales de los ochenta. “Ser periodista en aquellos años no era el oficio más seguro. Muchos de mis compañeros desaparecieron durante el golpe militar de 1980 y en los años posteriores, pero ¿qué le voy hacer?, tengo dos pasiones, llevar la contraria y la literatura erótica”. Bebe un sorbo de té negro y corrige: “el erotismo”. En sus 20 años como editor ha estado cuatro veces a punto de entrar en prisión, todas ellas por editar libros con contenido lascivo.

Publica erotismo porque le gusta. Nadie puede echarle en cara que intente lucrarse con ello: los libros no se venden y los juicios dan mala prensa a su editorial, hasta tal punto que han tenido que idear unas portadas anodinas para que las librerías accedan a vender su serie erótica. “La represión del golpe de Estado fue brutal, se quemaron libros y castigaron a los que los tenían. Eso dejó una huella terrible. Si un libro es sospechoso, no se compra”, dice mientras muestra la sobria carátula azul de Coños, de Juan Manuel de Prada, que también está incluido en la colección erótica.

Le encantan las películas de Julio Medem y Elena Anaya. “Una habitación en Roma, mi preferida”. Cuando le hablamos de Bigas Luna, deja el té humeante que bebe sin azúcar, pide un boli para apuntar el nombre y se guarda la hoja en el pantalón gris de pana que le protege del invierno de Estambul. “Turquía ya no es como la imaginó Antonio Gala”, explica. Parece que Sanci añora los tiempos del Imperio Otomano, en los que existía gran cantidad de literatura erótica, tanto en Estambul como en Anatolia. “Tristemente, nuestra sociedad ya no sabe de sexualidad ni de juegos previos. ¿Qué va a saber de erotismo?”



30 septiembre 2010

Nedim Sener

“Aquellos a los que acusé investigarán mi muerte”   

Blanca López Arangüena- Estambul

A pesar de que el tráfico en Estambul hace imposible llegar puntual a los sitios, Nedim Sener está esperando en la puerta del periódicoMilliyet, donde trabaja desde hace 16 años. Sin pedírselo, nos guía por las instalaciones, nos regala libros, busca un fotógrafo y dispone todo para el almuerzo en una terraza cercana a su trabajo. Tiene la agenda llena, pero da la sensación de que puede dedicarte todo el día. Es la hospitalidad turca.

Sener, periodista de investigación, acaba de volver de Viena donde ha sido galardonado con el Premio de Héroe de la Libertad de Prensa. Su libro sobre el asesinato de su amigo, el periodista turco-armenio Hrant Dink, en enero del 2007, le ha reportado el reconocimiento del Instituto Internacional de la Prensa, pero también le ha granjeado enemistades. “En la investigación denuncié con nombres y apellidos a políticos, jueces y policías que estaban detrás del crimen y a los que nadie investigaba. Ahora van a por mí”. Sabe de lo que habla: insultar a las fuerzas del orden está penado en Turquía con la cárcel. Hasta 12 años en su caso.

El periodista iba para profesor de Economía. Pero la necesidad de encontrar un trabajo rápido le condujo al periodismo económico. “Siempre pensé que iba a ser un trabajo temporal”, dice riéndose. Luego llegó el asesinato del intelectual turco Urgu Mumcu en 1993. Hubo manifestaciones en todo el país reclamando una investigación que nunca llegó. “Yo tenía 27 años y estaba allí protestando. Algo en mí cambió ese día”. Después, asesinaron a Ahmet Taner Kislali, después a Musa Anter. Hasta 20 periodistas muertos desde 1992. El último, en diciembre del año pasado. “Somos los únicos que buscamos la justicia en este país. Por eso nos tienen miedo. Por eso también, solemos morir”.

Ser Héroe de la Libertad de Prensa es un discutible honor en Turquía: los dos periodistas que lo han obtenido antes de Sener murieron asesinados. “Tengo miedo a engrosar esa lista. Los oficiales de policía a los que inculpé en mi libro siguen en puestos muy poderosos. Si me asesinan, serían ellos los encargados de la investigación”, explica.

Llega la sopa de lentejas, pero él sigue hablando, rápido y con un constante movimiento de manos que recuerda a los vendedores del Gran Bazar. Mientras habla no come. Espera a zanjar un tema para atacar el pescado frito que engulle con la misma celeridad con la que se expresa.

“No me voy a cansar de denunciar, aunque me cueste la vida”. Da la sensación de que ha aceptado la muerte como inevitable. Aun así confiesa que le cuesta dormir por las noches y que siente ansiedad cuando camina por Estambul. “En Viena, cuando fui a recoger el premio, me sentí seguro, pero no abandonaría Turquía pasara lo que pasara. Solo sé hacer periodismo y solo puedo hacerlo aquí”.

Como la mayoría de los del gremio tiene el teléfono pinchado y sus correos electrónicos son leídos con lupa. “Hablar de libertad de expresión es un lujo en Turquía. Ellos saben todo de ti y si cruzas la raya hay consecuencias”, apostilla.

Llega el té humeante y lo bebe de un sorbo. Debe volver a su despacho, le aguardan más entrevistas. Al despedirse suelta otra frase lapidaria. “Este es un país donde los criminales tienen mucho poder. Pero si consigo resolver el asesinato de Dink, quizás seamos capaces de poner luz a los otros crímenes”.

Pocos meses después de esta entrevista, Nedim Sener fue encarcelado por su supuesta colaboración con la trama Ergenekon. Lleva 320 días en prisión sin condena (a 15 de febrero de 2012 )

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