Crisis humanitaria


Turquía es un cruce de caminos. Como he oído desde que aterricé en Estambul en 2010, es un puente entre Oriente y Occidente. Pero este privilegio geográfico, al que en gran medida debe su pasado glorioso, también le convierte en el escenario de dramas humanitarios. La excepción de visado, como en el caso de Irán, Libia o Marruecos, y sus 8.000 kilómetros de frontera terrestre, lo convierte en el corredor favorito de las mafias de inmigrantes y de trata de blancas.

En los últimos meses su frontera sur, Hatay, se ha convertido en el refugio de miles de ciudadanos sirios que huyen de la represión de Bashar el Asad. En los campos de refugiados, las mujeres, los niños y los ancianos esperan mientras que los más jóvenes, cansados de aguardar por un solución que no llega, comienzan a volver a casa para unirse a la resistencia.

Por si esto fuera poco, Turquía descansa descansa entre dos placas tectónicas. Los temblores son muy habituales, sin embargo, sus construcciones no están preparadas para resistirlos. En 1999 un temblor de 6,8 en la escala de Ritcher mató a más de 18.000 personas en el oeste de Turquía. En mayo de este 2011 otro temblor en el noreste del país mató a dos personas y causó 79 heridos. Finalmente en octubre de ese mismo año, la tierra volvió a temblar. Esta vez en la provincia de Van, una localidad de mayoría kurda donde un terremoto de 7.3 dejó más de 600 muertos, miles de heridos y cientos de familias en la calle.


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