Colectivo gay

El primer festival de cine gay pone a prueba la tolerancia en Turquía

Aunque el colectivo homosexual va ganando aceptación entre las clases medias y en los principales núcleos urbanos del país, aún se siente desamparado sin un marco de protección legal

Blanca López Arangüena- Estambul / 21 noviembre 2011

Han pasado 19 años desde que unas decenas de homosexuales recorrieran las calles de Estambul en lo que se puede denominar la primera cabalgata del orgullo gay de Turquía. Fueron increpados y molestados por la policía, recuerdan los que allí estuvieron. Casi dos décadas después, Estambul es una de las ciudades más abiertas del país para el colectivo de LGBT, lesbianas, gais, bisexuales y transexuales. Abundan los bares de ambiente, hoteles gay-friendly,compañías de viajes destinadas al colectivo homosexual y alguna asociación de defensa de sus derechos. Sin embargo, tras la fachada de tolerancia que se respira en los barrios del centro de la metrópoli, Estambul, al igual que el resto de las ciudades de Turquía, esconde historias que muestran lo difícil que resulta en el siglo XXI salir del armario allí.

Quizás la más conocida es la de Ahmet Yildiz, un joven gay de 26 años y activista por los derechos de los homosexuales que fue asesinado por su familia para “limpiar el honor”. Ahmet llegó a Estambul desde un pueblo del centro de Anatolia para estudiar en la universidad. Pensaba casarse con su pareja, Ibrahim Can, en Alemania al terminar la carrera. No lo consiguió. Tras amenazarle con un matrimonio forzoso, el internamiento en un psiquiátrico y finalmente la muerte, la familia de Ahmet le disparó a la salida de un café en Estambul en 2008. “Su cuerpo se quedó en la morgue varios días porque su familia no quería hacerse cargo del funeral”, rememora ahora Can, la entonces pareja de Ahmet, que todavía lucha por llevar a sus asesinos ante el juez.

La historia de Ahmet inspiró la película con la que se ha abierto el Pembe Hayat Queer Festival (Festival Queer de la vida color de rosa), que arrancó el pasado jueves en la capital del país, Ankara. Zenner Dancer, que este verano ganó cinco premios en el Festival Golden Orange -los Goyas turcos-, repasa, través de la historia de dos jóvenes homosexuales, los problemas a los que se enfrenta este colectivo en Turquía: rechazo familiar, la humillación por parte de los poderes públicos y la falta de protección legal. Escenas como el examen físico -que incluye una exploración anal- al que los protagonistas tienen que someterse para librarse del servicio militar son trámites habituales para este colectivo, según el último informe de Amnistía Internacional.

“Todo turco nace soldado”, reza un dicho popular. Excepto los homosexuales. Estos están vetados en el Ejército, que les considera “desviados sexuales”. “Si eres gay, no eres soldado; si no eres soldado, no eres turco; si no eres turco, no eres un ciudadano; ¿entonces qué somos?”, comentan los miembros del colectivo LBGT Lambda. Pero no solo el Ejército turco veta la entrada a los homosexuales. La semana pasada, la prensa turca publicaba la destitución de uno de los jueces del Consejo Superior de Jueces y Fiscales por no ocultar su homosexualidad. Incluso dentro del propio Gobierno turco se habla de “desviación”. El pasado marzo, la ministra de Asuntos de la Mujer y Familia, Aliye Kavaf, se refirió a la homosexualidad como “un desorden biológico y una enfermedad que debe ser tratada”.

La ministra nunca se disculpó por sus palabras, que fueron reproducidas en muchos medios de comunicación turcos sin ningún barniz de crítica. Para Bilge Ta?, organizador del festival de Ankara, la televisión tienen gran parte de la culpa de la homofobia del país. Asegura que “el discurso de odio es cada vez mayor hacia el colectivo LGBT por parte de los medios de comunicación”. Como Ta?, defensores de derechos humanos señalan a los miembros del Consejo Supremo de Radio y Televisión Turca -responsable de las retransmisiones y designado por el actual Gobierno conservador a través del Parlamento- como uno de los causantes del retroceso en la batalla por el reconocimiento del colectivo.

En Turquía, excepto en el norte de Chipre, la homosexualidad no es un crimen.Sin embargo, tampoco existe un marco de protección legal, lo que deja al colectivo desamparado cuando busca ayuda. Además, como denuncia Kemal Ördek, secretario general del Comité Pink Life y miembro del festival, no hay planes para la creación de tal marco. “El Gobierno excluye abiertamente al colectivo LGBT en el proceso legislativo, especialmente en las políticas antidiscriminación, crímenes de odio y la nueva Constitución” denuncia Ördek. Crímenes como el de Ahmet Yildiz son el resultado de este vacío legal, que hace que muchos miembros del colectivo no se atrevan a denunciar los abusos que sufren.

El caso más claro es el de los transexuales. Según el Informe de Amnistía internacional, la mayor parte de los homosexuales y casi la totalidad de los transexuales turcos sufren el rechazo de sus familias y el abuso constante de la policía. El informe saca a la luz historias como la de Irmak (nombre falso), de Diyarbakir. La joven, que ahora vive en Estambul y ha comenzado a tomar hormonas, recuerda que pasó ocho meses encadenada al radiador de su cuarto cuando su hermano mayor se enteró de que quería cambiarse de sexo. La joven, que ahora ejerce la prostitución -casi la única salida laboral para los transexuales en Turquía-, asegura que recibe a diario amenazas de clientes y que no se atreve a denunciar por miedo a que las autoridades informen de su paradero a sus familiares en Diyarbakir.

“La complicidad de las autoridades proporciona inmunidad a los perpetradores”, asegura Ördek de Pink Life, que explica que los transexuales son detenidos casi a diario bajo los cargos de alteración del orden público y llevados a comisarias donde sufren vejaciones y torturas.

Pero no es todo negro en Turquía. También hay otras historias con finales menos trágicos que ilustran cómo el colectivo está ganando aceptación entre las clases medias y de los principales núcleos urbanos. Es el caso de Ammar Özera, de clase media, estambulita, y que salió del armario en la universidad. Comenta que su círculo de amigos se resintió al saber su orientación sexual, perdió muchos de ellos pero otros acabaron aceptándolo. “La batalla más dura es dentro de casa”, explica. “Mi madre tuvo que acudir a unos cursillos informativos organizados por colectivos gais para comprender que su hijo no estaba loco”, cuenta. Su padre, sin embargo, todavía no lo entiende.

Jóvenes como Özera ven con esperanza la eclosión de iniciativas culturales como el Pembe Hayat Queer Festival, que intenta tocar las diferentes caras del colectivo. El evento es tolerado por la municipalidad de Ankara, muy sensible a la opinión pública europea desde 2005. Sin embargo, como denuncian los organizadores, se niegan a apoyarlos económica o logísticamente. Hacerlo significaría una fuga de votos para cualquier Gobierno municipal cuyo electorado de base son, en gran medida, familias como la de Ahmet o Irmak. Familias que todavía creen que quien es diferente debe ser castigado.

Video (Ahmet es mi familia) :
 
 
 
 
 
 
 

Los turcos desafían el miedo y celebran la fiesta del Orgullo Gay

El año pasado fueron asesinados en Turquía 16 homosexuales, según Amnistía Internacional

Blanca López Arangüena- Estambul / 26 junio 2011

“Ibamos a casarnos en Alemania, donde yo trabajaba. Ahmet, mi pareja, era estudiante de física en Estambul y me pidió que esperara el año que le faltaba para terminar su carrera. Tenía 26 años. Sus padres se enteraron de los planes y le amenazaron con matarle si no iba a ver a un doctor y se casaba con una mujer. Ahmet no quiso, lo denunció a la policía, pero no sirvió de nada. Cinco meses más tarde le asesinaron”. El que habla es Ibrahim Can. Desde hace tres años acude a la cabalgata del Orgullo Gay que cada junio, desde hace 19 años, recorre la calle Istiklar de Estambul. “Los culpables no han sido llevados ante el juez a pesar de las pruebas”, explica mientras muestra las fotos en la que aparecen abrazados.

Ataviados con los colores del arco iris, miles de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales protestaron este domingo al grito de “no nos callarán, existimos”. El ambiente era festivo, pero el peso del miedo se podía palpar: ante una cámara de fotos desconocidos, los manifestantes se cubrían el rosto. Nunca se sabe si es un periodista o un policía el que está detrás. “En 2009 tan solo acudimos unas 200 personas. La policía nos acorraló y nos envistió con tanquetas. Este año somos 5.000. La gente está poco a poco perdiendo en miedo, pero todavía queda mucho por hacer”, explica Olivier Cerri, activista francés conocido por el apodo de Kaptain Bear.

A pesar de que Turquía ofrece más libertad a los homosexuales que otros países musulmanes, este colectivo sigue haciendo frente a problemas de violencia y discriminación en el país. Según un reciente estudio de la Universidad de Bahçesehir, el 60% de los turcos no querría tener a un homosexual como vecino. El prejuicio aumenta en los barrios tradicionales de las grandes ciudades y en las zonas rurales del país, donde la presión social puede llevar a las familias encerrar o a asesinar a sus familiares homosexuales, como en el caso de Ahmet.

Tan solo en 2010, 16 personas fueron asesinadas por su orientación sexual, según un informe de Amnistía Internacional publicado esta semana. La mayoría a manos de familiares, conocidos o clientes de favores sexuales. Sin embargo, como apunta Andrew Gardnen, redactor del documento, “sospechamos que el número sea mayor ya que la información la recabamos de los periódicos. El Gobierno turco se negó a facilitarnos datos sobre estos crímenes”. El informe de Amnistía Internacional también culpa a ciertos políticos de alentar la homofobia dentro del país. Como ejemplo señala a Aliy Kavaf, ministra de Asuntos de la Mujer y Familia, quien definió la homosexualidad como “desorden biológico y enfermedad que debería ser tratada”.

La situación empeora en el caso de los transexuales. Generalmente repudiados por sus familias, la mayoría se ven avocadas a prostituirse en las ciudades, donde son víctimas de los constantes abusos de la policía. Según Amnistía, bajo los cargos de alteración del orden público, las transexuales son detenidas casi a diario y llevadas a las comisarias de policía donde son a menudo vejadas y torturadas. La arbitrariedad con la que la policía actuá hace que muchas trabajadoras no se atrevan a denunciar estos abusos. Y es que en Tuquía, “no existe una ley que criminalice la homosexualidad como en otros países musulmanes, pero tampoco existe un marco de protección legal, lo que les deja desamparados cuando buscan ayuda”, señala el informe.

Sin embargo, Turquía no siempre ha sido un país homófobo. Según el colectivo de lesbianas, gays, transexuales y bixesuales de Estambul Lambda, la cultura otomana era abiertamente bisexual. “Antes del siglo XIX era natural para los hombres tener relaciones sexuales con adolescentes. Las mujeres eran necesarias para la reproducción pero eran los jóvenes los preferidos para proporcionar placer. Era algo normal, pero nunca fue una homosexualidad o bisexualidad consciente”, explican. No fue hasta la llegada del siglo XIX, cuando el Imperio Otomano empezó a mirar hacia Europa, que se acuñó el término homosexual. “Fue en esta época en la que empezaron a desaparecer los tellaks, adolescentes que se encargaban de lavar a los hombres en los hamanes y de realizar servicios sexuales”, explica un miembro de la organización.

Una mirada a la literatura clásica otomana muestra hasta qué grado la bisexualidad era algo aceptado en la sociedad. “Hay un poema muy bello en el que el autor se queja de que su joven amante está perdiendo la belleza porque comienza a salirle vello facial”, explica Irfan Sanci, editor de literatura erótica. Los muchachos era sustitutos para las mujeres, tanto era así que la armada otomana se hacía acompañar de adolescentes especialmente bellos, que peleaban de día y atendían las necesidades de los generales por las noches. “Las campañas duraban meses, incluso años, era una solución práctica”, asegura Sanci.

Nada más lejos del ejercito actual, abiertamente homofóbo, donde la la orientación sexual es una de las pocas formas en que los hombres turcos pueden librarse del servicio militar obligatorio. Según Amnistía Internacional, aquellos que se declaran homosexuales, son sometidos a exámenes físicos o bien obligados a proporcionar fotos practicando sexo con otro varón como prueba.

“Que la sexualidad es un asunto privado no puede ser una excusa. Necesitamos leyes que nos protejan. El debate debe llegar a la arena política”, exigen los colectivos de gays y lesbianas de Estambul, que aseguran que abusos como estos seguirán teniendo lugar mientras exista un vacío legal. Para Ahmet Yildiz la ley llegará demasiado tarde. Su pareja insiste: “una legislación que nos proteja evitará que más jóvenes acaben en la morgue. Evitará que sus cuerpos se queden ahí, esperando a que alguien los recoja porque sus familias tienen vergüenza de enterrarlo, como le pasó a mi Ahmet”.

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