Estambul: el legado de tres milenios (National Geographic Viajes)

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Blanca López Arangüena

Cuando el rey Byzas acudió al Oráculo de Delfos para preguntar donde debía fundar su nueva ciudad, el Oráculo le respondió “Frente a la tierra de los ciegos”. Siguiendo esta guía llegó en el año 675 A.C al estrecho del Bósforo donde descubrió un el espléndido estuario del Cuerno de Oro intacto y en la orilla asiática asiático una pequeña colonia de pescadores llamada Calcedonia. La profecía cobraba sentido: Los de Calcedonía “debían estar ciegos” para no fundar su ciudad en el lado europeo. Nacía Bizancio.

 

Poco queda de estos primeros colonos. Hoy la península de Sultanahmet tiene el sabor de sus últimos conquistadores, los turcos, con alguna pincelada griega que los Otomanos supieron adaptar a las exigencias de su credo. No se puede comenzar un recorrido de Estambul en otra parte. En Sultanahmet cada piedra es testimonio de la grandeza de quienes hicieron de esta ciudad el centro del mundo, primero Bizantino y luego musulmán.

 

La familia Osman (otman en arabe, origen del vocablo otomano) de donde descendieron los sultanes, fijó en el Cuerno de Oro su residencia: el cautivador palacio de Topkapi. La morada, con sus opulentos tesoros, sus quioscos de altas cúpulas y sobretodo las fantásticas leyendas del harem, con su eunucos guardianes y su legión de concubinas, cautivó la imaginación europea durante siglos. Fue una de ellas, Roxelana, la que pidió al Sultán Suleyman “el Magnífico” que se trasladara el harem al palacio. Esta cercanía permitió a la odalisca aumentara su influencia sobre la corte y finalmente perfilar el futuro de la dinastía Osmanli al mandar asesinar al primogénito de Sultán.

 

 

Como si hubieran vislumbrado la violencia de las futuras intrigas palaciegas, los sultanes dedicaron el dinero de sus conquistas a la construcción de mezquitas. La más bella de todas, la Mezquita Azul, se encuentra a pocos minutos pie del palacio. Fue construida por el Sultan Ahmet I para apaciguar las iras de Alá tras la derrota de sus ejércitos. Con sus seis minaretes, sus voluptuosas cúpulas y 200 vidrieras venecianas parece una radiante concubinas. El patio central, el más grande del Imperio Otomano, da paso a sus encantos interiores; la madraza y el haram decorado por 20.000 azulejos de Izmik que le aportan la tonalidad azul por la que es conocida.

 

Enfrente está su rival en belleza, Santa Sofía, heredera del esplendor de la Constantinopla de Justiniano. Cuando se construyó, en 537, corrió el rumor por las calles de la ciudad de que un ángel había diseñado los planos. Hoy es un museo, al que algunos islamistas intenta, sin éxito, volver a convertir en Mezquita. Pero Santa Sofía es más que un templo, es el ejemplo de como la belleza puede sobrevivir a la destrucción de las religiones, ya que todos los que pisaron su interior, griegos, musulmanes e incluso vikingos, quisieron que su impronta perviviera en ella. Paseando por sus planta uno puede sentir el murmullo del imán y el canto del psaltis bizantino atrapado bajo una sobrecojedora bóveda de 56 metros.

 

Hasta ella se llega por el hipódromo, una tranquila plaza ajardinada famosa en tiempo de los bizantinos por sus carreras de caballos y que hoy sirve de punto de encuentro para los fieles durante las noches de ramadán. Es un curioso espectáculo que reúne cada noche a miles de personas que esperan con fervor, y el estómago vacío, la llamada al rezo que señala el fin del día – y del ayuno-.

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Es conveniente no dejarse tentar por ninguna de la delicatessen callejeras, como el simit, especie de rosquilla de sésamo, durante el mes santo musulmán. Si se quiere ser respetuoso es mejor decantarse por un lugar cerrado, como Tarihi Sultahnahmet Kóftecisi, una casa de comidas a 100 metros de la Mezquita Azul donde llevan preparando Köfte, albóndigas turcas, desde 1920. Con el estómago lleno hay que decidir en entre una visita la Cisterna Basílica, construida por el Emperador Justiniano para suministrar agua a la ciudad durante los asedios, o tomar el tranvía hasta Çarşıkapı, y con las fuerzas repuestas poner a prueba nuestras habilidades en el arte del regateo en alguna de las más de 3.600 tiendas del Gran Bazar. Bajo sus cúpulas dos toneladas de oro cambian diario de mano, lo que lo convierte en el primer lugar de compraventa del país. Paseando por sus 64 calles se puede encontrar de todo, pashminas, joyas, lámparas de alta calidad, todo a pagar en efectivo, un pequeño capricho del lugar de interés turístico más visitado de Europa, con 15 millones de turistas al año.

 

Caminar por las calles aledañas al Bazar es otra grata experiencia para quien quiera salir del recorrido turístico de Sultanhamet. El zócalo es territorio de los locales y se nota en los precios, la calidad de los productos y en que, a diferencia de los comerciantes del bazar, en el zócalo solo se habla turco. Es conveniente aprender un par de palabras antes de adentrarse en una tienda, pero al hacerlo, se siente todo el sabor de esta tierra de comerciantes: el delicioso ritual del té, el colorido de sus vendedores con sus caras curtidas por el humo del cigarro y de sus clientela, compuesta por mujeres tocadas con pashminas multicolor.

 

La Mezquita Nueva, situada en Eminönü, es nuestra última parada antes de cruzar al otro lado del Cuerno de Oro. Mas pequeña que sus hermanas, no carece de encanto, sobretodo porque la visita esta permitida a los turistas incluso a la hora del rezo. Debidamente vestidos, y con un pañuelo las mujeres, se pude observar desde una esquina todo el ritual. A 100 metros se encuentra en famoso Bazar de las Especies, construido como parte del complejo de la Mezquita Nueva en 1664 y cuyo alquiler, el de sus tiendas, se invierte en la manutención de la misma.

 

El puente de Galata se levanta a pocos metros del Bazar y nos permite el acceso al Estambul más desconocido y moderno: Beyoglu. Cruzar hasta la otra orilla del cuerno de Oro es una experiencia mágica. Hay pocas cosas más evocadoras que atravesar este puente al atardecer, cuando al rezo del muecín se incorporan a las siena de los ferrys, como si fuera una ópera de Verdi. Mientras se pasea entre el alboroto del puente, con sus pescadores a los lados y sus vendedores ambulantes, se siente la quietud del cielo rojizo, las cúpulas de las mezquitas tiznadas de oro atrás y al frente, la imponente torre Galata con su séquito perpetuo de gaviotas.

 

Hasta ahí nos dirigimos. La torre de Galata, construida por los Genoveses en 1348 ha sido el centinela perpetuo del barrio de Beyoglu, conocido en el S.XIX como Pera. En ese época Beyoglu era el barrio de las embajadas, comerciantes armenios y griegos, con un sabor más europeo que oriental. Entre sus empedradas calles se hablaban más de 40 idiomas y era el lugar donde recalaba la nobleza Europea que llegaba a Constantinopla a lomos del Orient Express. Tenía electricidad, teléfonos y uno de los primeros tranvías eléctricos del mundo, Tünel que todavía funciona. Todo esto cambió tras la declaración de la República en 1923. Las embajadas se trasladaron a Ankara, los pogromos de los años 50 acabaron con la multiculturalidad del barrio que poco a poco se fue sumiendo en la decadencia. Por suerte, en los años 90 hubo un renacimiento y ahora vuelve a estar en ebullición, con tiendas, cafés, terrazas y discotecas que abren todos los días de la semana hasta altas horas de la noche.

 

La mejor forma de recorrer este barrio es a pie. Un paseo por Istiklal, la Gran Via estambulita que cada día recorren cerca de millón de personas, despierta al viajero de la nostálgica otomana de Sultanahmet y lo lanza en la nueva realidad que vive la ciudad: Capital europea del deporte en 2012, quinta ciudad en cuanto a organización de conferencias de envergadura mundial, con más de 15 millones de habitantes, 5170 cuadrados de extensión – casi nueve veces el tamaño de Madrid- es una de las metrópolis más efervescentes del planeta. Y Beyoglu es su corazón. Refugio de bohemios y artistas está llena de pequeños cafés, restaurante de fusión, lujosos anticuarios y galerías de arte. Image

 

Es muy recomendable tomarse un día para recorrer sus museos, disfrutar de un coctel con vistas al cuerno de Oro en la terraza del restaurante “360” para finalizar con una cenar en alguno de los modernos cafés de la Hayriye Caddesi o si se prefiere, la típica degustación de pescado y raki en los meyhanes (tabernas turcas) de la famosa calle de Balik Pazari.

 

Estambul es una ciudad acuática y ninguna visita puede acabarse sin un crucero por sus aguas. Volviendo a los pies del puente Gálata, tomamos un ferry para adentrarnos en el Bósforo. El turista tiene multitud de opciones: un viaje en barco privado por 200 euros la hora, el típico tour de dos horas hasta la mitad del Estrecho por 10 euros o incluso, la posibilidad de sentirse local y tomar el ferry que cada mañana transporta a cientos de estambulitas desde Asia hasta Europa. Vale la pena pasar una mañana en Kadikoy, en la esquina asiática. Donde los Calcedonios se asentaron es ahora un animado barrio con restaurantes de pescado y comida otomana donde relajarse un par de horas.

 

En el ferry de vuelta a Europa pasamos delante de la coqueta Torre de Leandro. Cuenta la leyenda que en ella vivía una princesa que cada noche esperaba con una vela encendida la visita de su amado, Leandro. Una noche de tormenta la vela se apagó y Leandro, desorientado, se ahogó en las aguas del Bósforo mientras intentaba llegar hasta su princesa. Hoy el enclave es un restaurante bastante mediocre que sobrevive por el encanto de la leyenda.

Pero las aguas de esta ciudad no siempre guardan historias tristes. Algunas hablan de amores homosexuales, búsqueda de esposas, ceremonias de iniciación escondidas bajo los vapores de un hamam. El baño turco es esencial para despedirse de la ciudad. El de Çemberlitas, cerca del Gran Bazar, es ideal si se va a partir de las ocho de la noche. Con poca gente, las mujeres se entregan a los mimos de las limpiadoras mientras los hombres se preparan para las rudas manos de los tellak. Estambul se desvanece mientras el agua resbala suavemente por la piel brillante. La tensión baja, y en la memoria flotan las las imágenes del valeroso Leandro, el Gran Suleyman, la astuta Roxelana y el visionario Byzas. Las cúpulas, como un vientre abultado nos hacen sentir nuevamente un niño y nos preguntamos si Estambul no habrá sido un sueño.

 

 

 

 

 

 

 

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GRAN BAZAR

Fue probablemente una de las la primera zona franca del planeta donde los comerciantes podían tratar sin el habitual control aduanero. Parte de su independencia administrativa se mantiene hoy día, por ejemplo 15 % de sus 3600 tiendas no están registradas ni se conoce a sus propietario. La variedad étnica es otra marca de la casa. Casi un 20 % de sus vendedores son griegos, armenios o judíos, como en aquel Estambul que describió el novelista francés Pierre Loti.

 

 

GASTRONOMÍA

 

Comer en Estambul es algo más que saborear la deliciosa cocina. Es sumirse en un mar de tradiciones e historias: El café, traído de Yemen durante el Imperio Otomano se usa hoy en dia para leer el avenir. El loukum o dulce turco nació de los fogones del palacio de Topkapi para satisfacer la gula de las concubinas del harem. El raki, licor anisado de 45 grados y considerado bebida nacional fue el talón de Aquiles del fundador de la República, Ataturk, que murió a los 57 años de cirrosis. Y por último el kebab y sus cientos de variantes siempre acompañado de un airan, leche de cabra con sal, bien fría.

Para quien quiera saber más sobre esta faceta de Turquía la página web http://istanbuleats.com/walks-2/ ofrece paseos culinarios por le ciudad. Muy recomendables

 

 

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