Capadocia: Volar sobre la luna (National Geographic, Viajes)

Blanca López Arangüena – Septiembre 2012

Cuenta una leyenda que hace miles de años hombres y hadas convivían en armonía en el corazón de Anatolia. Pero un día, una de ellas se enamoró de un ser humano. Enfadada, la reina de las hadas convirtió a todas las de su especie en palomas y las confinó en piedras cuneiformes que con tiempo se conocerían como “chimeneas de hadas”. A los hombres, les condenó a cuidar de ellas por los siglos de los siglos. Así que los habitantes de Capadocia crearon poblados cerca de los palomares de roca para vigilar a las aves como la reina había ordenado. Fue el libro de un misionero francés el que dio a conocer la Capadocia al mundo y rompió la maldición del hada. El turismo transformó a los habitantes de agricultores a prósperos artesanos y hosteleros y nunca más tuvieron que preocuparse de las aves. Aún así, en pueblos como Göreme, sus mayores rememoran lo difícil que era encontrar esposa si no se poseía un palomar.

Hasta este pueblo tranquilo en el corazón de la Capadocia nos desplazamos desde el aeropuerto de Nevsheir. La capital de la región es una fea ciudad de provincia con pocos atractivos salvo su castillo, que siglos atrás tenía el poder de cautivar al viajero de tal forma que no abandonaba la ciudad en siete años. Ahora solo vale la pena permanecer el tiempo que toma el trayecto del aeropuerto a la estación de autobuses. Tan solo poner un pie fuera de Nevisheir el viajero sentirá la magia de una región que nació de las entrañas de cinco volcanes.

Hace diez millones de años la lava cubría la Capadocia. Al enfriarse el suelo de lava y tufa sufrió durante siglos la fuerza de los elementos: el frío glacial del invierno, las lluvias torrenciales de la primavera y los sofocos del estío, creando un paisaje de chimeneas tocadas con boinas donde el ingenio humano talló iglesias, necrópolis y ciudades subterráneas

No hay un lugar donde se aprecie mejor la utopía de este paisaje que en Göreme. El antiguo pueblo de campesinos, donde los hombres necesitaban las palomas-hadas para casarse, es ahora el centro turístico de la región. Las casas esculpidas en las chimeneas de hadas se han convertido en hoteles donde el turista puede experimentar la extraña serenidad de descansar arropado por la arena. A pesar de que el turismo ha cambiado la vida de los habitantes, todavía se respira la antigua hospitalidad de sus mujeres, que ofrecen artesanías y pekmez – zumo concentrado de uva- en las puertas de sus casas-cueva y la magia de un pausado atardecer, cuando el cielo y las rocas adquieren tonalidades rojizas y los hombres vuelven del campo a lomo de sus caballos.

Fueron estos animales los que le dieron el nombre a la región. Capadocia significa “ la tierra de los caballos bellos” y como tales se les representaba en los frisos de Persépolis (Irán) cuando el Imperio Persa controlaban la región. Hoy se puede subir a lomos de un equino para recorrer los numerosos valles que parten de Göreme. Los pies, si se prefiere, son también un buen vehículo para visitar las ventosas calles del pueblo, con sus azoteas recubiertas de parrales, para luego adentrarse en el valle de las iglesias troglodíticas en el Museo al Aire Libre de Göreme.

Patrimonio Histórico de la humanidad sus iglesias cautivan tanto por lo inesperado de su interior como por la sencillez de sus hombres: la iglesia de la Manzana en honor a un manzano que crecía cerca, la de la Serpiente, por sus pinturas del Dragón de San Jorge, uno de los Santos oriundo de la Capadocia o la Iglesia Oscura. Esta última debe su nombre a que carecía de ventanas. La falta de luz se convirtió en un aliado que conservó el colorido de sus frescos y les protegió de la intolerancia de los iconoclastas musulmanes queintentaron ocultar bajo una capa de pintura los frescos de las más de 600 iglesias de la región

Antes de decir adiós a Göreme es indispensable acercarse a alguno de los muchos restaurantes para tomar una ración de mezzeres e hincarle el diente a un Çömlek kebab, carne picada cocinada dentro de una vasija de barro en un horno de piedra. Para postre, un vino dulce de la región o un té aromático de manzana.

Con las fuerzas repuestas, la segunda parada están en Uçhisar. Situado a cinco kilómetros de Göreme, se llega a través del valle de las palomas y las colinas de arenisca. Uçhisar es conocida como la villa francesa desde que el Club Med se fijó en ella a mediados de los años 60. Más tranquila que Göreme, destaca su castillo escarbado en la roca desde donde se aprecian una de las mejores puestas de sol de la Capadocia con las nieves perpetuas del volcán Erciyes como telón de fondo. Unas vistas solo comparables a las que se tiene en uno de los globos que cada mañana surcan los cielos de meseta. Es sin duda una de las experiencias más alucinantes del viaje, como volar sobre la piel de la luna. Desde Göreme y Uçhisar las empresas locales organizan salidas diarias al alba, cuando el sol todavía no calienta, por lo que hay que ir abrigado incluso en verano.

Y de los cielos al fondo de la tierra, a la ciudad subterránea de Derinkuyu a 40 kilómetros de Uçhisar. Se puede llegar en dolmus – pequeños autobuses amarillos- o bien alquilar un coche o una moto para los más aventureros. La ciudad subterránea de Derinkuyu (Pozo Profundo), de 11 plantas con capacidad para 4.000 personas, es una de las sorpresas más fascinantes de la región. Cocinas, habitaciones, establos, un templo, una escuela y hasta una necrópolis se pueden visitar si no se padece de claustrofobia. Sus habitantes llegaban a esconderse largas temporadas en el subsuelo, para protegerse del frío o de los invasores, ordenados en una jerarquía social que descendía a medida que las habitaciones se alejaban de la superficie

La Capadocia conserva los vestigios de todas las civilizaciones que la habitaron: hititas, persas, frigios y lidio, romanos y selyúcidas, armenios y griegos. Estos últimos habitaron el refinado pueblo de Ürgüp, hasta que en 1923 fueron intercambiados – al igual que los del resto del país- por los turcos de Grecia. Una tamaña obra de ingeniería racial avalada por a Sociedad de Naciones y por la que su ideólogo, Fridtjof Nansen, obtuvo el Nobel de la Paz. Ahora cada año descendientes de unos y otros se reúnen en verano e incluso se intercambian las casas para visitar las tierras de sus antepasados.

Ürgüp, a siete kilómetros de Göreme, se aferra a las paredes de un valle y sus casas caen en cascadas hasta el centro del mismo. Son hermosas moradas transformadas en hoteles estilo boutique con patios donde degustar la deliciosa uva Emir que germina en los suelos volcánicos de la Capadocia. En el valle en el que florece esta uva jugosa se levanta un ejército de gigantes de piedra. Son las famosas “chimeneas de hadas” que se alimentan del mismo suelo que producen los vinos de la región. El valle de Devrent, (Valle de la Imaginación) posé la mayor densidad de conos volcánicos de la Capadocia. Observar sus contornos es como adivinar las formas de las nubes: Ahora una foca, ahora un delfín, más adelante dos pájaros besándose, la virgen María y un camello. Hasta el gorro de Napoleón quiso estar en Devrent.

Volviendo a Ügrüp tomamos un desvío para llegar al final de nuestro viaje: Zelve, una ciudad troglodita abandonada y uno de los centros de cristianos de la región entre los siglos IX y XII. No tiene la cantidad de iglesias de Göreme y tampoco sus pinturas. Pero los vigorosos muros de sus valles y la tonalidad rojiza de su piedra dan al paisaje un aire marciano. Se puede ascender hasta las celdas de algunos monjes decoradas con cruces griegas e imaginar como serían aquellos anacoretas que vivían a 15 metros del suelo, en la cúspide de la chimenea, para que nada perturbara su meditación.

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