Hamam, la historia oculta del Imperio Otomano (El Pais Semanal)

 

Blanca López Arangüena (texto)

 

Mientras Europa disimulaba la suciedad bajo perfumes y polvos blancos, Oriente Medio imponía una estricto hábito de limpieza y lo imprimía en su libro Sagrado; El Corán. Países como Turquía, construían fabulosos complejos dedicados al aseo que pronto se convirtieron en los lugares más íntimos del Imperio Otomano. Relaciones extra matrimoniales, homosexuales, y búsqueda de esposas, quedaban ocultas bajo los vapores del hamam. El País Semanal entra en los baños dedicados a la mujer más poderosa del Imperio Otomano, la sultana Hürrem, convertidos ahora en un hamam de lujo.

 A Alejandra sólo la quiso un hombre; pero no un hombre cualquiera. Su amante fue el sultán más grandioso que el Imperio Otomano vería y al que los reyes europeos llamaban, con envida: Süleyman “El Magnífico”. Alejandra, hija de un predicador ucraniano, llegó joven al palacio de Topkapi. Cuentan que aprendió rápidamente a desenvolverse en su nuevo hogar recargado de aromas, sensualidad y luchas intestinas de poder. Sus generosas formas y largos cabellos pelirrojos la ayudaron a destacar entre las 300 concubinas del harén. Su inteligencia la aupó al serrallo privado del sultán, que acabó gobernando con puño de hierro. No fue la única mujer de Suleyman “El Magnífico”, pero sí la única cuyo nombre no quiso dejar morir dentro del palacio. Por eso, cuando la salud de la bella empezó a flaquear, su amado ordenó construir un edificio que estuviera a la altura de sus encantos: Un hamam

El sultán mandó erigir el complejo de baños en el centro de poder del Imperio, enfrente a la mezquita de Santa Sofía. Su construcción quedó en manos del arquitecto de la corte. Mimar Sinan, como se le conoce en Turquía, se dispuso a realizar sus mejores baños. Sabía que este Hamam, a donde los fieles irían a lavarse antes del rezo, se convertiría en la antesala de Santa Sofía – en aquel entonces la mayor mezquita del Imperio-. Tardó seis años en levantar sus paredes de mármol blanco, sus cuatro cúpulas suspendidas a una altura inimaginable en un hamam, e idear un sistema de calefacción capaz de calentar sus 3.000 metros. Su riqueza ilustra la influencia que Alejandra, para entonces convertida en la sultana Hürrem, ejercía sobre el mandatario y que le valió su fama de bruja dentro del Imperio. Europa, fascinada por el trágico sino esta joven cristiana vendida a los sarracenos, le buscó un nombre más condescendiente: Roxelana, “la virgen de Rutenia”.


En 1556 los primeros clientes pudieron atravesar la columnata de mármol que todavía preside la entrada de la zona de hombres. Para las mujeres, se reservó una discreta puerta trasera, por donde podían deslizarse sin ser vistas. Algunos románticos afirman que la entrada, a la que se accede por unas escaleras de mármol, es una alegoría del amor oculto que el arquitecto sentía por la hija de la Sultana, la princesa Miryam. 500 años después, estas leyendas todavía se esconden entre los muros del edificio, que abrió sus puertas este verano tras cuatro años de restauración, convertido en el hamam más exclusivo de Estambul.

Por aquí no puede entrar señora, es la zona masculina del hamam. Si espera un poco llegará mi compañera para guiarla a la zona de mujeres” explica uno de los empleados en perfecto inglés . La pareja de italianos parece un poco contrariada de no poder tomar un baño juntos. En su mochila, junto con la guía de Estambul iban sus trajes de baños, necesarios en los pocos baños mixtos de la ciudad. Sin embargo un hamam tradicional separa a hombres y mujeres por horarios por zonas. Es el principio básico de la intimidad que ha convertido a estos baños en objeto de fascinación para muchos europeos. Algo que se comprende nada más entrar en los vestuarios. Los tres pisos de madera que suben hasta la base de la bóveda lateral del edificio, son la sala de belleza posterior al baño. Allí las mujeres se relajan y conversan o bien completan la visita al hamam con un masaje, una manicura o, en el caso de los hombres, una afeitada. Pero el vestuario es sobre todo, la antesala de un universo de vapores para el que se requiere etiqueta. Un pestemal de seda para el cuerpo y una natir, o limpiadora, para que nos guíe a lo largo del recorrido.

Cierra los ojos. Apoya la espalda sobre el mármol, sólo siente el agua que cae por tu cabeza y tu piel que respira”. Una gota de sudor resbala por el cuello y se detiene en el borde la seda violeta que cubre el cuerpo desnudo. “Recuesta la cabeza y cierra los ojos. Por fin estás relajada”. Estambul parece irreal bajo las cúpulas del hamam, mientras que la natir deja caer agua suavemente sobre el cuerpo de su clienta. Huele a olivos y se escucha el borboteo de las fuentes de mármol y oro. Cuando el primer agua toca los cabellos, el ruido de las bocinas de los coches y las carreras desaparecen. Con la segunda, se esfuman los vendedores del bazar, el calor sofocante del verano turco. Cuando la seda que cubre el cuerpo está totalmente húmeda, la mente está en blanco. Solo entonce la clienta está lista para tumbarse en el mármol caliente.

La clienta de Bahar, la limpiadora más veterana del Hamam, llegó de su mano. Al entrar por la puerta que separa los vestuarios del área caliente parecía incómoda con tan solo un lienzo cubriéndole el cuerpo. Sin embargo, pronto el lienzo desaparecerá y se quedará desnuda para que Bahar use sus manos. Comenzó a entrenarlas a los 17 años en un hamam de barrio. Allí, aprendió a lavar la piel, depilarla y también canciones tristes para las ceremonias especiales. “Como quería casarme tenia que aprender rápido para empezar a tener buenas propinas” explica. Mientras habla, cubre de espuma a su clienta hasta que desaparece bajo una gran burbuja de jabón. “El trabajo es duro” susurra para no opacar el ruido del agua “No es fácil pasar ocho horas a 45 grados”. Sin embargo, su cuerpo envuelto en vapor apenas suda.

La burbuja crece a medida que Bahar restriega el cuerpo de su clienta. La limpieza es a conciencia, no queda un centímetro de piel que no sienta el guante de Bahar que adquiere un color negruzco a medida en que la piel se libera de células muertas. Es el momento más íntimo del baño, cuando uno confía su desnudez a las manos de su natir. La joven de la burbuja, a pesar de los reparos iniciales cierra los ojos y apoya la cabeza sobre el mármol tibio. “La intimidad entre clienta y limpiadora nace desde el momento en que les damos la mano para que entren en la sala caliente. Nos convertimos en la tía que les bañaba cuando eran pequeñas” explica una empleada. La comparación no pude ser más exacta. Apoyada en una de las fuentes laterales, otra natir se esmera a limpiar el cabello a una señora entrada en años. Desnuda y concentrada en retirar el jabón de los los pliegues de su estómago la mujer deja hacer a la natir, que la arrulla con una canción que parece de cuna.

Son las únicas dos clientas del medio día, una de las horas con menos afluencia y sin embargo, en la que el sol salpica el interior a través de los huecos de la cúpula. Las paredes adquieren entonces una tonalidad dorada a medida que el mármol se motea de haces luminosos. La piedra central, donde se abren los poros para el peeling y ahora brillante y solitaria, se llenará de gente a medida que avancen las horas. El tratamiento de limpieza y las altas temperaturas del hamam hace que la tensión disminuya por lo que muchos turcos prefieren acercase a ellos a última hora del día o a inicios de la mañana. Por eso, muchos hamam abren sus puertas tras la primera llamada al rezo y no las cierran hasta las 11 de la noche.

Sentado en la terraza del restaurante anexo a los baños espera Hifzi Moravali, director del Hamam de Hürrem y encargado de la restauración que le ha devuelto a su uso original. La terraza, recuerda a la de un parador y está atestada de turistas que se acercan a husmear la nueva atracción de Sultanahmet. Ordena agua fría y sherbet, una bebida otomana a base de pétalos de flores, para combatir el sofoco de mediodía. Salen del Külhane, donde se preparaba el fuego que calentaba las paredes del hamam y que, gracias al gas natural, Moravali ha podido convertir en cocina. El antiguo sistema de calefacción todavía puede verse en las paredes de la sección masculina. Consistía en tres tubos que discurrían uno encima del otro a lo largo de los muros interiores. Por el tubo inferior circulaba el aire caliente que salía de Külhane y que calentaba el agua del tubo del medio permitiendo que la del caño superior conservara su frescura. “A pesar de que el sistema de calefacción era único en su época, no era demasiado eficaz, por eso a este hamam se le conocían como el Hamam Frío. Así que, cuando en el siglo XX empezó a llegar el agua corriente a las casas, el hamam cerró”, explica Moravali . “Primero se convirtió en un almacén, más tarde en una prisión y finalmente acabó como un museo de alfombras cuyo reclamo rezaba: visite un autentico hamam sin el calor de estos baños” rememora. Finalmente, en 2007 el gobierno turco decidió cederlo, por un periodo de quince años, al mejor postor. El nuevo dueño debería reformarlo y devolverlo a su uso original. Fueron precisos cuatro años de trabajo, y 300 metros cuadrados de mármol blanco para que los interiores recobraran su aspecto de antaño. La reparación alivió el peso de las cúpulas y devolvió a sus paredes la porosidad necesaria para evitar la acumulación de vapor de agua en su interior. Por último, se tuvo que esperar un mes para que los baños alcanzaran los 45 grados reglamentarios.

 
El hamam de Hürrem fue el más bello regalo que un sultán haya hecho a una concubina y posiblemente el más útil. El hamam era en aquel entonces la piedra angular de la rutina turca y en muchos casos, la antesala del rezo. Según el islam, el cuerpo ha de estar limpio antes de rezar, sobretodo si se han mantenido relaciones sexuales. Los turcos consiguieron convertir este precepto religioso en una experiencia placentera, al tiempo los baños pasaron de ser meros anexos de las mezquitas, a increíbles complejos consagrados a la limpieza. “No había precios fijos”, explica el doctor Erhan Afyoncu de la universidad del Mármara, “el cliente pagaba entre 2 a 4 akçe en función de su satisfacción por el servicio”. Gran parte de la recaudación iba a para a las arcas reales, que luego lo reutilizaban para financiar obras piadosas. El resto era para los empleados. Según los libros del famoso viajante Otomano Evliya Celebi, en el siglo XVII existían en Estambul 4.500 baños privados y alrededor de 300 públicos “Se trata de una cifra exagerada, pero da una idea de la importancia que tenían estos edificios en la vida turcos” explica la Asociación de Hamam de Estambul, que estima que el número de baños en la actualidad apenas llega a los 100.

Tradicionalmente, los limpiadores en los hamam de hombres eran adolescentes conocidos con el nombre detellak. Los tellak se reclutaban entre los súbditos de las naciones no musulmanas del Imperio Otomano, como Grecia, Armenia o Bulgaria, por su belleza y habilidad. Entre sus funciones se encontraba la de lavado y masaje pero también la de proporcionar placer sexual a sus clientes. “En aquel entonces era natural para los hombres tener relaciones sexuales con adolescentes. Las mujeres eran necesarias para la reproducción pero eran los jóvenes los preferidos para proporcionar placer. Era algo normal, pero nunca fue una homosexualidad o bisexualidad consciente”. Así lo explican los responsables de la asociación de gays, lesbianas y transexuales de Estambul, Lambda y así lo recogen los registros y poemas de la literatura otomana clásica. En uno de ellos Dellakname-i Dilkusa, se detalla los servicios, precios, y la belleza de los tellaks e incluso se especifica cuantos orgasmos podía proporcionar a un cliente.

Muchos contaban con clientes fijos que llegaban incluso a convertirse en sus amantes, como muestra un registro del siglo XVIII que habla de un jenízaro, osea un soldado de élite del Imperio, que tenía a un tellak como querido. No fue hasta el S. XIX que el Imperio Otomano importó de Europa la palabra “homosexual” y con ello la censura de los encuentros en el hamam. Los jóvenestellaksdieron paso a limpiadores adultos especializados en una forma más prosaica de limpieza. Aun así, el término hamam oğlanıchico de bañose sigue usando en Turquía como un eufemismo de homosexual. “Antiguamente no había puertas en los hamam, ni vestuarios como hay ahora. Los hombres se desvestían y colgaban sus ropas en los percheros y entraban directamente al hamam. Así se intentaba poner trabas a los encuentros sexuales entre hombres” explica Moravali. No le resulta cómodo hablar de lo que ocurría en los baños. Los turcos por lo general, niegan esta parte de su pasado. Sin embargo, en una visita al hamam el cliente puede comprobar como la línea a cruzar es muy delgada.

Pero no solo en el lado de los hombres se suavizaban las estrictas reglas del islam. El hamam fue el lugar más íntimo del Imperio Otomano sobretodo para las mujeres. Sujetas a un estricto código de conducta que les impedía salir a la calle, los baños se convirtieron en la piedra sobre la que giraban muchas de sus tradiciones. A ellos acudían las novias la noche antes de su boda para acicalarse. El lavado de la novia es una ceremonia que todavía se mantiene en las regiones más tradicionales del país. La novia llega al hamam cubierta por un velo bajo el cual debe llorar la pérdida de su familia. Tras las lágrimas, da comienzo la celebración. Suena la música y las amigas bailan alrededor de la joven, le dan de comer frutas y dulces, le pintan las manos con henna y limpian y depilan su cuerpo. Mientras, las mujeres mayores aportan sus consejos sobre la vida conyugal y escrutan el cuerpo desnudo de las muchachas en busca de una esposa para sus hijos.

El hamam también estaba presente en el nacimiento de un bebe. Según una antigua tradición turca casi desaparecida, la madre y su hijo no podían abandonar la casa durante los primeros 40 días de vida del retoño. Acostada en la cama, la madre recibía las visitas y los regalos. Pasada la cuarentena el bebé estaba fuera de peligro y la familia acudía al hamam del barrio para lavar al niño por primera vez y presentarlo al mundo.

Tras el baño, Bahar acompaña a su clienta hasta la zona de descanso. No para de tocarse la piel. Nunca ha estado tan suave y limpia. Tumbada en el diván es el momento de sentir como la tensión comienza a subir de nuevo. Aun está a salvo bajo la enorme cúpula del hamam. Es el momento de retomar fuerzas para enfrentarse nuevamente a una megalópolis de 16 millones de personas. Al salir, duda un momento. Se detiene junto al mostrador de los souvenirs donde cuelga una camiseta con el rostro de Hürrem. “¿Es esa la sultana?” pregunta. “¡Qué bien vivía!”, suspira, sin imaginar que la delicada dama del retrato era en realidad una hábil estratega que consagró su vida a modelar el futuro de la dinastía Otomana.

Para lograrlo Hürrem tuvo que tejer, desde su llegada al harem, una fina tela de araña cuya primera víctima fue la por entonces favorita del sultán, Mahi Devran. Esta concubina, que había dado a luz al primer hijo del Süleyman, no podía soportar la amenaza que Hürrem representaba para su descendencia. Con poco atino pensó que desfigurándole el rostro perdería el favor de su amo. Devran subestimó la inteligencia de la futura sultana que se presentó con el rostro cuarteado ante Süleyman y le suplicó que la defendiera de las intrigas del harem. Süleyman no solo accedió, sino que decidió convertir a Hürrem en una mujer libre para poder tomarla como su esposa legal. Que un sultán Otomano liberara a una concubina para casarse con ella, cuando se le permitía tener un número ilimitado de esposas esclavas, era casi tan raro como que un rey católico decidiera formar un harem.

Hecha ama y señora, Hürrem posó los ojos en su nueva víctima, el gran confidente del sultán y segundo hombre fuerte del Imperio: el visir Ibraim Paça. Temerosa de su intimidad, se las ingenió para que perdiera el favor del mandatario y que fuera ejecutado sin piedad. Pero sus ansias de poder no estaban todavía satisfechas. Hürrem buscaba para su descendencia el trono de la Sublime Puerta, cuyo heredero era el hijo de Mahi Devran, el príncipe Mustafá. Sabiendo que le quedaba poco tiempo de vida, la sultana hizo correr el rumor de que Mustafá buscaba la caída de su padre. Neurótico y furioso, el sultán ordenó su muerte a cinco de sus guardias, cuyas lenguas habían sido cortadas y sus tímpanos rotos para que nunca contaran lo sucedido.

Hürrem nunca vio a su hijo, Selim II subir al trono, pero 38 años en el harem real le bastaron para sentar un precedente que llevó a las mujeres de la familia Osmanli a tomar cada vez más poder en la escena política hasta la caída del Sultanato en 1922. Como apunta el doctor Erhan Afyoncu “Hurrem fue la consejera más próxima del sultán, de hecho fue una de las personas más influyentes en la política de todo el Imperio Otomano. Se carteaba con reyes europeos y incluso llegó a a acudir a actos públicos con el sultán, algo muy poco frecuente para una mujer” .

Era muy ambiciosa, pero también coqueta, una mujer que supo mantener sus encantos hasta su muerte. También conocemos que su fragancia preferida era “árbol del amor” y su color, el violeta de sus flores. Su aroma es ahora la base de nuestros cosméticos y el violeta es el color de nuestros pestemals ” explica Hifzi Moravali, director de los baños. Los tratamientos del hamam de Hürrem van desde una limpieza a la turca, en la que se incluye un peeling y un baño de espuma, a circuitos más completos con masajes terapéuticos de cuello y cabeza, aroma terapia, dulces otomanos y frutas. Los precios son muy superiores a los de los otros hamam históricos de Estambul sin embargo, el silencio, que no se incluye en la carta de precio, consigue relajar tanto el cuerpo como las manos del un limpiador. Para que la quietud se respete, la visita al hamam requiere una cita previa.

 

Todavía se conservan los tronos gemelos de Hürrem y Suleyman en ambas secciones del los baños. Una cortesía de la dirección ya que nadie sabe, a ciencia cierta, si los gobernantes usaron este hamam. Hürrem falleció en 1558, dos años después de su apertura. Ocho años más tarde le siguió el sultán que, a pesar de descubrir todas sus intrigas, pasó sus últimos días llorándola. La historia es injusta con las mujeres y a Hürrem se le recuerda por sus dotes manipulación y ansias de poder. Pero en una época cruel en las que las mujeres se encerraban en jaulas de oro y se las alimentaba para tener hijos, consiguió ser la dueña de su destino. Fue la compañera fuerte que necesitaba un emperador sanguinario como Süleyman. La única cuyas ambiciones podían opacar a las de un rey.

Fue, como dice uno de los 400 poemas de que el sultán le dedicó en vida “el trono de mi nicho solitario”.

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Una respuesta a Hamam, la historia oculta del Imperio Otomano (El Pais Semanal)

  1. Preciosa la historia y me imagino bonito y grandioso será este hamam ¿es este mismo hamam que se abrió hace unos 4/5 meses al público ?, gracias, Luis.

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