“No es un campo de refugiados, es un campo de concentración”

Blanca López Arangüena- Kilis

En medio de la arena, entre la frontera turco-siria, a kilómetros de cualquier casa, en tierra de nadie. Ahí el gobierno turco ha decidido construir en nuevo mega-campo de refugiados con capacidad para 20.000 personas. Los primeros “huespedes” como así llama el gobierno turco a los desplazados sirios con el fin de evitar la palabra refugiados -que les acarrearía compromisos legales- llegaron el miércoles pasado. Pero el campo, adonde se van a trasladar todos los refugiados de la provincia de Hatay ( unos 17.000), no estaba listo. “Llegamos y no había agua, ni electricidad, no había tiendas suficientes para cada familia” explica Nawar Masir, que llegó con los primeros 2.000 desplazados. “Nos rebelamos, y estamos llamando a nuestros familiares que están en los otros campos para que se rebelen cuando los quieran traer aquí, dentro de diez días”.

El campo de refugiado de Kilis no puede ser menos hospitalario. Esta rodeado de vallas que protegen a los refugiados de los ojos curiosos de los periodistas y las organizaciones humanitarias. Un chekpoint en la entrada, paralelo a la garita de la frontera con Siria – que discurre a lo largo del campo- asegura que nadie pueda entrar ni salir sin el permiso expreso del gobernador de Gaziantep. “Esto no es un campo de refugiados, es una prisión, un campo de concentración” se queja Nawar que vivió nueve meses en el campo de Yayladagi, donde, cuenta, le daban un permiso de dos horas todos los días para salir del campo.

“Los refugiados no podemos trabajar, ni estudiar. Tenemos que volver todas las noches a dormir en las tiendas, pero por lo menos no nos sentíamos presos como en Kilis” explica Nawar. Oficiales turcos aseguran que han  han proporcionado los sirios “protección temporal”, un estatus que se aplica a personas que huyen de los enfrentamientos armados en su país de origenen masa en busca de protección en un país vecino de forma temporal. Esta medida impide que los sirios puedan solicitar asilo a terceros países, una posibilidad que muchos activistas sirios que llevan años en la mira del régimen reclaman. Al no poseer status de refugiados, 17.000 sirios en territorio turco carecen de cualquier derecho civil: no pueden desplazarse, trabajar, alquilar una casa o acudir a la escuela o universidad.

Tras nueve meses desde la primera avalancha de refugiados, los que viven en los campos aseguran que la situación es insostenible. Explican que algunos refugiados empiezan a sufrir trastornos psicológicos fruto de tantos meses de hacinamiento. Nawar denuncia que el campo de Kilis no hace más que empeorar las cosas. “Hace uno días vimos helicópteros del Ejercito Sirio sobrevolorando la frontera. Esto trae recuerdos muy vivos a la gente que perdió a su familia en los bombardeos. En el nuevo campo la situación es
inaguantable” explica.

 


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