“Vendrían muchos más si no existieran las minas” (El País)

Blanca López Arangüena/Güvecci

Mientras los ataques se recrudecen en el norte del país, los desplazados sirios no cejan en tratar de llegar al sur de Turquía. Entran centenares cada tarde, asegura Adnan Amar dueño de una granja cerca de la frontera. En menos de una semana el número de desplazados que alcanzaron los límites del territorio sirio-turco ha pasado de 13.000 a 15.000. Pero se esperan más.

Según ACNUR existen unos 230.000 desplazados en el interior de Siria, país que desde hace un año vive una sangrienta revuelta contra el régimen de Bachar el Asad. Las autoridades turcas esperan la llegada de 50.000. Familias enteras, con numerosos niños y personas mayores, pasan días a campo abierto en busca de tierras más seguras.

“Vendrían muchos más si no existieran las minas” asegura Amar. “Ayer llegó a mi granja una familia. Me contaron que habían enviado delante tres mulas y dos de ellas volaron por los aires”, agregó Amar en una confirmación de lo que ya denunció Human Rights Watch en un informe que el Ejército sirio ha minado la frontera norte del país.

Una vez dentro de Turquía la vida tampoco es fácil para los que escapan de la violencia de El Asad y los enfrentamientos con los rebeldes. Privados de un estatus de refugiados, tan solo poseen un documento plastificado con su foto que les permite no ser detenidos y salir y entrar en los campos. Nada más.

“El Gobierno nos prometió que podríamos estudiar en la universidad en Turquía. Somos más de 200 universitarios los que esperamos en los campos de Hatay a que el Gobierno cumpla su palabra” relata Jwada Mellaoui, de 22 años y estudiante de literatura inglesa en Latika antes de que la revolución estallara.

Tanto él como su amigo Msaab viven en el campo de Reyhanli cerca de la frontera. Pero esta noche está en Antakya. “Teníamos que salir del campo, llevamos nueve meses ahí y es como una cárcel“ explica. No saben dónde van a dormir. “Tal vez en casa de un amigo, tal vez en la calle. En los hoteles no nos dejan quedar porque no tenemos identificación, tampoco podemos tomar un bus para volver o alquilar un coche” se quejan. “Nos dejan vivir, pero no podemos trabajar. Civilmente estamos muertos” explican antes de despedirse. Mañana intentarán volver al campo.

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